¿Es la ola reaccionaria una nueva contracultura?

2 septiembre, 2026
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Jaron Rowan (Londres, 48 años) lo empezó a notar dando clase. Con 20 años de experiencia en el ámbito universitario observa que los alumnos cada vez son más proclives a exponer posturas negacionistas sobre el cambio climático, afirmaciones inspiradas por influencers de ultraderecha o “teorías raras” cuando no directamente conspirativas. Su percepción coincide con un comentado fenómeno contemporáneo: un creciente número de jóvenes está siendo atraído por posturas de ultraderecha.

“Proliferan las ideas de corte reaccionario. Se está erosionando el sentido común, los valores que dábamos por buenos de forma colectiva”, dice Rowan, escritor y director de investigación del Centro Universitario de Diseño y Artes (BAU) de Barcelona, que asegura que, en la tradición de los estudios culturales, no quiere juzgar con desdén a estos jóvenes, sino comprender el origen de su malestar. Desde algunos sectores, ejemplifica, se está cuestionando hasta el derecho a voto de las mujeres. Otro fenómeno que Rowan observa es la dificultad para entablar un debate sano en las aulas, porque cuestionar las posturas del otro se vive como un ataque a la integridad de la persona: la discrepancia entendida como agresión. Los consensos más básicos saltan por los aires.

Inspirado por estas experiencias personales, en su reciente ensayo Un monstruo llamado Yo. Contracultura reaccionaria y política de la virtud (Traficantes de Sueños), el autor trata de comprender estas derivas contemporáneas mediante un repaso a cómo el neoliberalismo nos ha hecho individuos replegados sobre nosotros mismos (ese “yo monstruoso”), cómo la izquierda ha caído en el moralismo, la vigilancia de la pureza ideológica y la desesperanza —en vez de organizar transformaciones colectivas— y cómo la ultraderecha ha adoptado con éxito las formas de una contracultura tradicionalmente de izquierdas. Es decir, la rebeldía, la trasgresión, el antiestablishment.

Jaron Rowan.

La contracultura: en los años 60 la juventud se soltó el pelo, se puso a fumar marihuana y a escuchar rock, levantó el puño y se volvió revolucionaria. Los Panteras Negras, el Mayo del 68, los MC5. Fue un volantazo en los estilos de vida, pero también en las ambiciones políticas. “Aunque en sus comienzos confluyeron movimientos libertarios o sindicales, con el tiempo la contracultura fue perdiendo los elementos de clase y decantando por formas de vida alternativa, la meditación, las comunas… Se pierde el horizonte colectivo y llega el New Age”, afirma Rowan. De ahí surgió una vía al individualismo. Pero, por otra vía, las consecuencias de la contracultura, las transformaciones que provocó y las guerras culturales que entonces se iniciaron siguen coleando hoy. Y la ultraderecha parece apropiarse de algunos de sus códigos y dinámicas.

Por un lado, y curiosamente, la contracultura cambió el ‘espíritu del capitalismo’ (en palabras de los sociólogos Boltanski y Chiapello) al fomentar elementos hoy completamente asimilados como la creatividad, la autenticidad o la autorrealización individualista. Muchos lemas contraculturales caben hoy en anuncios de coches o de productos financieros. Por otro, la contracultura relajó las costumbres y la moral, e introdujo en la izquierda los movimientos sociales (el feminismo, el antirracismo, lo LGTBIQ+, la ecología) que desplazaron el foco del obrerismo tradicional y que mantienen una importancia primordial. La “contrarrevolución” neoliberal, en los años 80, surgió en parte, explica Rowan, para poner coto a los avances contraculturales, aunque para ello absorbiera algunos de sus elementos primordiales. Todo se centra en el individuo, aparece el individualismo extremo, el narcisismo estructural, ese “yo monstruoso” alrededor del que todo gira. “Se deja de hablar de revolución social y se empieza a hablar de revolución personal”, explica el autor.

La relación de la ola reaccionaria actual con la contracultura es ambivalente: las nuevas derechas contemporáneas rechazan su contenido y a la vez se nutren de sus maneras. Su sueño húmedo es regresar a los plácidos años 50, antes del estallido, cuando las jerarquías sociales y de género eran claras y tradicionales; pero también se apropian de sus formas, adoptando actitudes de rebeldía antiestablishment y creando una red de resistencia contra la dictadura woke, lo políticamente correcto o la ideología de género (siempre en sus términos), que triunfa notablemente entre la juventud, especialmente masculina, capitalizando una rebeldía juvenil que tradicionalmente había capitalizado la izquierda.

Su caldo de cultivo son, por supuesto, las redes sociales (especialmente el X de Elon Musk), esa fachosfera donde se difunde el antifeminismo radical, el odio al migrante o la transfobia, pero también algunas organizaciones dedicadas a dar la batalla cultural: Fundación Neos, Manos Limpias, HazteOír, Hogar Social Madrid o Abogados Cristianos, con capacidad para difundir el mensaje y muchas veces marcar la agenda. A veces las ideas circulan de manera banal, a través de influencers que no son explícitamente políticos —véase El Xocas o Amadeo Lladós—, pero que difunden la doctrina con ligereza, generando un nuevo sentido común. Los voceros de estas corrientes se jactan de ser los únicos que se atreven a decir lo que nadie se atreve a decir, las cosas como son, sin complejos, de gritar que el emperador está desnudo.

“La derecha está señalando lo que antes considerábamos contracultural como si fuera lo mainstream, el consenso, la corrección política. Así, lo que parecía lo alternativo, ahora se presenta como el centro del modelo, el establishment. Lo paradójico es que este antiestablishment esté apoyado por presidentes de países y grandes empresas”, dice Rowan. “Es más bien un giro retórico”. Si la contracultura de izquierdas era variopinta, y unía a hippies, militantes antirracistas, rockeros, feministas, gente LGTBQI+, sindicalistas, estudiantes, etc, esta pretendida contracultura de derechas también aúna a facciones muy diferentes: desde tradicionalistas a neonazis, de ultraliberales a proteccionistas, de criptobros a tradwifes, de cayetanos a obreros, etc. “No creo que debamos hablar de una sola extrema derecha, sino de diferentes corrientes que entablan alianzas estratégicas y temporales organizadas por grupos, medios, instituciones o iglesias”, dice el ensayista.

La izquierda tiene su responsabilidad. Según señala Rowan, buena parte del progresismo ha caído un estado de ensimismamiento, más preocupado por la pureza moral y las “políticas de la virtud”, enfrascado en la denuncia del que se salga mínimamente del carril, que por el verdadero cambio social. “Aunque creo que estas posturas también están viviendo un agotamiento, porque el señalamiento del otro y el ‘yo compro mejor que tú’, no están produciendo una transformación real” opina el autor. “Hemos conseguido ser más conscientes de los problemas, ver las contradicciones, pero no solucionarlos”.

Rebeldía, ímpetu, descaro, transgresión. Surgen preguntas de corte casi filosófico: ¿La contracultura auténtica es netamente progresista o simplemente se enfrenta al consenso de cada época? ¿La contracultura reaccionaria es una contracultura auténtica o solo un simulacro? “No creo que sea contracultura algo que tiene como fin preservar el statu quo, pero sí que está adoptando un estilo comunicativo que se parece mucho a lo contracultural. En el fondo están defendiendo un sistema que les beneficia. Hubo un momento en que ese mundo pareció tambalearse, pero ahora están luchando por restaurarlo”, concluye Rowan.

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